La Insurrección de la Chambelona

Dr. Rolando Rodríguez

“el gobierno de Estados Unidos considera que la revuelta armada contra el gobierno constitucional, es un acto ilícito e inconstitucional y no será tolerado…” De Lansing a Gonzales

El presidente de Cuba, Mario García Menocal, contaba con el apoyo de los más fuertes grupos de capitales azucareros estadounidenses y cubanos y el capital español, y todos andaban contentos como nunca por la política económica menocalista, partidaria a ultranza de la "Reciprocidad" y de atar firmemente al movimiento obrero. Por eso, cómo no, el partido Conservador, a propuesta de Ricardo Dolz y de Miguel Coyula, nominó con 149 votos al general como candidato a la gobernación del país para un nuevo período.

Sin embargo, el anuncio de la aspiración a la reelección de Marius Rexl creo un gran malestar en la población. No solo ente sus adversarios sino, incluso, dentro del propio partido Conservador.  Los liberales pensaban si era candidato a la reelección, haría un uso ilícito de su poder para asegurase el éxito. Sin dudas, ya Gonzales, el ministro de Estados Unidos, en La Habana, avisoraba que habría violencia a causa de la imposición de la reelección.

A todas estas la pavimentación de La Habana y el pago a la Cuba Ports pesaban mucho en las decisiones del departamento de Estado y parecía que era la banca Morgan, mediante el presidente Woodrow Wilson y el secretario de Estado Lansing, los mayores apoyos que tenía García Menocal en el gobierno de Washington.

Por fin, las elecciones se celebraron parecía que el liberal Alfredo Zayas arrasaría, pero no fue así. Detenidas los pliegos de votación en Correos, donde eran falsificados, sucedió que los resultados finales se eternizaron al ser suspendido el conteo y, finalmente, cuando al fin se dieron los resultados apareció que García Menocal había igualado, prácticamente, los colegios ganados por Zayas. Mientras los cómputos se eternizaban, se fue haciendo cierto que, lejos de confirmarse las primeras previsiones del triunfo liberal, García Menocal lograba en varias provincias una ligera mayoría, razón por la que en medio de la incertidumbre los liberales defraudados, iracundos, comenzaran a lanzar denuncias de que en aquellas elecciones habían votado Cristóbal Colón, Diego Velásquez, Yarini y los muertos de los cementerios, y a lanzar amenazas de levantamiento. El abogado habanero presentó recursos ente los tribunales. Estos anularon los comicios en múltiple cantidad de colegios. En febrero habría que ir a nuevas votaciones en estos.

A todas estas, el caudillo liberal, José Miguel Gómez, a principios de febrero había decidido retirar su concurso y el del directorio liberal, del cual era el presidente, del proceso electoral, llevar a cabo un golpe de Estado rápido, mediante la acción de dos oficiales que raptarían el 9 de febrero al hacendado en la carretera de El Chico y lo obligarían a renunciar, y de inmediato se convocarían a nuevas elecciones. Pero los oficiales resultaron delatados por un sargento y fueron arrestados. Apreciaba ladinamente Bacuino, mote relacionado con un potrero de Sancti Spíritus donde Gómez acampaba frecuentemente durante la guerra, que con la jugada podría cazar varios pájaros de una perdigonada: eliminaría del cargo al reeleccionista presidente, de paso a su correligionario político y a la vez enemigo, el aspirante liberal a la presidencia Zayas. Así al quedar con la sartén por el mango, le dejarían el campo libre para hacerse con la presidencia. Zayas, que estaba en Santa Clara para alentar a sus partidarios a acudir a las urnas, al tanto de las intenciones insurreccionales de Gómez, y que no era tan palurdo, como para no suponer las segundas intenciones que podría haber detrás de la acción que este se disponía a desatar, le solicitó detener el alzamiento hasta comprobar los resultados de los comicios. Gómez pareció complacerlo y le dio su palabra de que detendría la acción hasta que se produjeran los comicios complementarios. Zayas contaba con que los estadounidenses, atemorizados porque el fraude pudiera traer un estallido de violencia, presionaran a García Menocal  aunque bastante tímidamente  para que a pesar de todo actuara con la mayor limpieza posible. Mas, pese a su promesa, el 11 de febrero, tres días antes de que se llevaran a cabo las elecciones complementarias el ex presidente se alzó en armas al frente de fuerzas liberales. ¿Por qué el caudillo villareño no esperó aquellos tres días para ver que sucedía? En definitiva, si García Menocal le echaba mano a la violencia en las urnas podría esgrimir esto como una razón más para su alzamiento. Era cierto que no estaba fuera de sus cálculos que, en última instancia, si de inmediato no obtenía la victoria y Estados Unidos se injería directamente en el conflicto, anulaba las elecciones y convocaba a otras bajo su control, entonces, él, nimbado por la acción, sería el candidato hegemónico. Era de pensar que o bien Gómez era un total irresponsable, capaz de arriesgar el país a que la ocupación fuese esta vez definitiva o tenía la esperanza de que sería transitoria y le dieran oportunidad de ser elegido nuevo gobernante. Pero cabe valorar que a lo mejor pensaba que Zayas podía vencer y si ocupaba la presidencia por cuatro años, quién le podía asegurar que después de ese período podría él tomar de nuevo las riendas del poder, cuando los liberales ya estuvieran sumamente desprestigiados por el zayato que, a no dudar, sería una sentina donde se acumularía toda la putrefacción del desgobierno del abogado. Tampoco hay que olvidar que, sobre el ex presidente, debía actuar en aquellos momentos la visión que los hombres enviados a Estados Unidos, previamente al alzamiento, en calidad de grandes procuradores de la causa liberal, Orestes Ferrara y Raimundo Cabrera, transmitían ya los resultados de las gestiones que llevaban adelante en la capital que baña el Potomac. En efecto, los liberales se habían convertido en tan fieles lacayos de Washington, que habían abierto una oficina en Nueva York, en el Waldorf Astoria, y solicitaban la “intervención” de Estados Unidos en las elecciones complementarias.  Ferrara se dirigió al presidente Woodrow Wilson y le dijo que el presidente García Menocal tomaba medidas en Santa Clara, para realizar las elecciones a sangre y fuego. Las acusaciones hechas por el partido Liberal contra el gobierno y sus fraudes habían sido halladas justificadas por el Tribunal Supremo y, ahora, el gobierno estaba llevando a cabo un proceso fraudulento e intimidatorio.

Pedía al gobierno de Washington, que tomara medidas para evitar el fraude en las elecciones del 14 de febrero y, de esa forma, se evitaría una grave alteración social.  Estos delegados parecían ver optimistamente la posibilidad de conseguir una reacción estadounidense en relación con los reclamos de los mílites del partido del gallo y el arado. De todas formas, resultaba un hecho que aquel levantamiento seguía en no poca medida y una vez más el modelo del de 1906, y perseguía sus mismos buenos dividendos.

La provocación era de tal naturaleza que García Menocal pudo imponer, de hecho sin respuesta alguna, el más escandaloso fraude en los comicios. En las localidades en discusión los liberales no pudieron prácticamente acercarse a los colegios electorales, lo cual no quitó para que según el número de boletas emitidas no solo pareciera que ellos habían votado sino también que los votantes se habían multiplicado, pues el número de sufragios excedió de nuevo ampliamente el total de los electores inscriptos. Los conservadores habían aprovechado las circunstancias y se habían dado un pucherazo con un cazo grande. Por ejemplo, en los seis colegios de la provincia de Santa Clara aparecían 2 483 electores y habían votado por García Menocal 2 427 y por Zayas 33 y solo no habían acudido a las urnas 23 electores. En Oriente la mayoría de García Menocal que antes había sido de 83 votos, ahora aumentó notablemente.

En el golpe de Estado que Gómez había pretendido dar, para derrocar al hacendado, Columbia y la Cabaña serían decisivos. Pero no lograría que estos dos grandes enclaves militares lo secundaran y no se unieron a la sedición. El 10 de febrero José Miguel Gómez había salido de Batabanó, en el yate Julito, y se fue al subpuerto de Júcaro, en la costa sur de Camagüey.  Como la conspiración liberal era amplia, el alzamiento de sus partidarios se extendió rápidamente y sus fuerzas fundamentales se dislocaron desde las inmediaciones de Sancti Spíritus y hasta Oriente. De esa forma, a los complotados les sonrió el éxito inicial a pesar de que les falló su plan de hacer prisionero a García Menocal, ya que este había recibido aviso a tiempo de los propósitos de sus oponentes.  La acción en el campamento de Columbia había sido frustrada, cuando unos oficiales redujeron a la obediencia a los batallones 2 y 3 de infantería, algo parecido ocurrió en la Cabaña, y de igual modo fue abortada una conspiración en la policía de La Habana. Por otra parte, no se produjo el acto sedicioso aguardado en Pinar del Río, donde había militares implicados en la intentona. En Santa Clara, el brigadier Gerardo Machado debió haber obtenido el pronunciamiento de militares del distrito de la provincia, pero se presentó en el monte donde lo esperaba su cofrade, el coronel de la independencia Roberto Méndez Peñate, sin compañía, alguna; argumentó que los complotados se habían arrepentido. Ambos se dedicaron a tratar de organizar en la zona una partida de insurgentes liberales. Un componente de la historia turbia del alzamiento en Santa Clara lo constituyó que, al día siguiente del fracaso de Machado, el tercio táctico de la provincia se puso en plano de responder al compromiso de sublevarse. Avisado del hecho, el coronel Ibrahim Consuegra, jefe del distrito, corrió a parlamentar con los oficiales de la tropa, a los cuales propuso que solo se sublevaran si lo hacía el resto del ejército. Con esto consiguió convencerlos de que no actuaran. Con esa estratagema de Consuegra la tropa villareña, cuya participación hubiese sido decisiva para el alzamiento, quedó al margen de los hechos. En el distrito militar de Camagüey, su jefe militar, el coronel Enrique Quiñones, se unió a la sublevación y el comandante Luis Solano, tomó Sancti Spíritus. Los amotinados de Camagüey encerraron al gobernador Sánchez Batista y al alcalde de la ciudad Francisco Sariol. Se sumaron a la sublevación el gobernador electo Enrique Recio y el senador Gustavo Caballero.  Ese día 11 el coronel Quiñones dirigió al pueblo de Camagüey y de Cuba una proclama en nombre del ejército, en que acusaba al gobierno de seguir una conducta antipatriótica. También fue publicada otra proclama firmada por Enrique Recio, Rogerio Zayas Bazán y Gustavo Caballero.  García Menocal envió a Camagüey al coronel Eliseo Figueroa, con numerosa tropa a sofocar el alzamiento, pero tan pronto este llegó a su destino se unió a los rebeldes.  

En Oriente el comandante Rigoberto Fernández y un número de oficiales se pronunciaron a favor de la sublevación. Dominaron la guarnición del cuartel Moncada y pusieron preso al jefe del distrito Eduardo Lores. Santiago de Cuba quedó bajo el mando de los sediciosos, que encarcelaron al gobernador general Rodríguez Fuentes.

Por su parte, el alcalde liberal Camacho Padró se unió a los facciosos. El cónsul Griffith informó que a las 3 de la tarde del 12 de febrero fuerzas militares, bajo el mando del comandante Loret de Mola, habían tomado la ciudad y todas las oficinas del gobierno. El movimiento había sido repentino y efectivo.  No solo Santiago de Cuba sino Bayamo, Guantánamo y otras localidades, pasaron a manos de los rebeldes.

Raimundo Cabrera y Orestes Ferrara, desde Nueva York, expresaban que dadas las deplorables condiciones de las últimas horas en Cuba, solicitaban que Lansing le pidiera al gobierno cubano suspender las elecciones parciales en Santa Clara y Oriente, que debían celebrarse el 14 y el 20 de febrero, respectivamente, y se fijaran nuevas fechas cuando las elecciones pudieran hacerse con absolutas garantías de imparcialidad.

Aquel día 12 Lansing le respondió a Gonzales, y le instruyó hiciera pública una declaración en que manifestaba: “El Gobierno de los Estados Unidos ha recibido con gran aprensión los informes que le han llegado de que hay una revuelta organizada contra el Gobierno de Cuba, en varias provincias, y que varios pueblos han sido tomados por los insurrectos. Tales informes de insurrección contra el Gobierno constituido pueden ser considerados de la más grave naturaleza, ya que el Gobierno de los Estados Unidos le ha dado su confianza y apoyo sólo a Gobiernos establecidos por métodos legales y constitucionales. Durante los cuatro años anteriores, el Gobierno de los Estados Unidos ha expuesto clara y definitivamente su posición con respecto al reconocimiento de Gobiernos que han llegado al poder a través de revoluciones y otros métodos ilegales. Y, en este momento, desea enfatizar su posición con respecto a la actual situación de Cuba. Su amistad con el pueblo cubano, que ha sido mostrada en repetidas ocasiones, y los deberes que le son obligatorios, a causa del acuerdo entre los dos países, fuerzan al Gobierno de los Estados Unidos a dejar clara su política en estos momentos”.

Después de esta declaración, debió quedar prístino que los liberales o dejaban las armas o debían disponerse a tomar las armas contra los invasores de Estados Unidos, porque a no dudarlo pronto tendrían  a los marines desembarcando en Cuba. Este criterio se confirmaba con la nota que Gonzales pasó a Washington, en la que decía que esta había tenido un efecto muy clarificador sobre la mentalidad popular y el gobierno estaba profundamente agradecido por ella.

José Miguel Gómez decidió avanzar hacía su ciudad natal por vía férrea. Pues Solano la tenía en sus manos, pero García Menocal hizo todo lo que pudo por impedir su avance, pues si Gómez se aposentaba en Sancti Spíritus, después no le sería difícil controlar la provincia. Por fin el avance fue detenido al ser dinamitado el puente sobre el Jatibonico, por militares leales. Gómez se internó entonces en la finca El Majá.

A pesar de los reveses, la rebelión, conocida por la Revolución de Febrero o mejor, de La Chambelona  y con razón, pues la banda de música del distrito de Camagüey había entrado en la colonia del central Stewart, donde había estado acampado José Miguel Gómez, al son de aquella popular conga-,  con el paso de los días llegó a sumar miles de hombres y constituyó una verdadera amenaza para la facción gubernamental, pues varios distritos militares estaban al mando de los militares sublevados.

Pero una de las preocupaciones de García Menocal había sido reorganizar y reforzar el ejército. Con esos propósitos, en 1915 había refundido en un solo cuerpo a los ya casi 10 000 hombres de la artillería y la infantería del ejército permanente y la guardia rural, bajo el nombre de ejército de Cuba;  juntos, este y la marina nacional, que había estado subordinada a la secretaría de Gobernación, formaban las fuerzas armadas de la república. Ahora todas estaban bajo el mando de la secretaría de Guerra. La fusión del ejército y la guardia rural decía a las claras el carácter represivo de la institución, pues el papel inicialmente diseñando para la guardia rural no era militar y se le destinaba a tareas de policía en zonas no urbanas; por tanto su carácter se transfería al conjunto armado.

Para    sofocar el levantamiento, García Menocal, ni corto ni perezoso, inseguro de la fidelidad de las tropas regulares, comenzó a formar una milicia nacional con miles de voluntarios, y designó para esta a una oficialidad de confianza seleccionada entre militares retirados y antiguos miembros del Ejército Libertador de filiación conservadora. También nombró oficiales del cuerpo a algunos jóvenes conservadores, como fue el caso de un tal Francisco Tabernilla Dolz, al cual le ratificaría meses más tarde el grado de segundo teniente, pero ya como miembro del Ejército Nacional.

El 16, García Menocal dio a la luz una proclama al pueblo de Cuba, en que garantizaba la seguridad de todos los ciudadanos cualesquiera que fueran sus ideas, antecedentes y afiliaciones políticas, siempre que fueran pacíficos y respetuosos del orden y las leyes.  Ese mismo día llegaron enviados por Daniels, el secretario de Marina, cuatro barcos de guerra estadounidenses. Estos atracaron en los puertos de La Habana, Santiago de Cuba, Nuevitas y Cienfuegos. El Machias reemplazaría al Petrel, en Santiago de Cuba. El Dixie iría a La Habana. Su franca intención era apoyar al gobierno de García Menocal.

Ese mismo día Gonzales telegrafió a su gobierno y le informó que no había disturbios en La Habana, Pinar del Río y Matanzas. Santa Clara continuaba dominada por tropas gubernamentales y 500 soldados de caballería habían pasado a Camagüey. El gobierno había acumulado 1 000 hombres armados en Chaparra y tropas gubernamentales controlaban cierta cantidad de pueblos en Oriente. La situación en Santiago de Cuba era crítica.  Al día siguiente el ministro pudo informar que se había producido un feroz combate en las cercanías de Sancti Spíritus y al parecer la ciudad había vuelto a manos leales. Se indicaba que 300 alzados habían perecido. 

El representante Clemente Vázquez Bello volvió a escribir al ministro Gonzales para denunciar ante el gobierno de Estados Unidos que le estaban inflingiendo brutal maltrato a los prisioneros y él llamaba la atención, porque sabía que Gonzales investigaría cuidadosamente los hechos y, luego de confirmarlos, daría los pasos para que no sucedieran tales cosas en un país civilizado y bajo control de la Gran Nación, Estados Unidos.  Vázquez Bello parecían no saber usar otros términos más lacayunos. Reconocía, contra todo lo que el pueblo quería, que Cuba estaba bajo control de Estados Unidos.  

En los inicios del alzamiento, a pesar de la nota estadounidense del día 12, favorable al gobierno, en el país se produjeron confusiones sobre a quién apoyaba Washington, lo que fue provocado por acciones equivocas de marinos estadounidenses en Santiago de Cuba. En los primeros momentos los sublevados, habían comunicado que habían taponeado la bahía mediante minas y que llegado el caso hundirían dos barcos en la bocana para impedir la entrada de buques leales, y para evitarlo marinos del Petrel anclado en ese puerto, respaldados por el almirante de la flota, acordaron con los insurrectos que a cambio de que no lo hicieran impedirían el paso de los navíos gubernamentales.

Pero el 18 de febrero una declaración de Lansing, el secretario de Estado, que parecía haber sido refrendada por el propio presidente Wilson,  estableció con una claridad contundente que nadie debía confundir aquella cierta presión que el gobierno de Washington había ejercido para que García Menocal actuase de forma relativamente limpia en los comicios, con vistas a evitar un conflicto, con que una vez producida una insurgencia el mandatario no recibiría el más absoluto y total apoyo de la capital que baña el Potomac. En esta declaración enviada al ministro Gonzales, se decía: “Usted entregará al Gobierno de Cuba copia de la siguiente declaración y le dirá que usted está autorizado para hacerla pública. Usted está instruido para trasmitírsela a los cónsules y agentes consulares de los Estados Unidos en Cuba con instrucciones para darle publicidad. Es absolutamente necesario plantear que los acontecimientos de la pasada semana, en relación con la revuelta contra el Gobierno de Cuba han sido considerados profundamente por el Gobierno de los Estados Unidos. Este ha explicado su actitud en declaraciones previas, con respecto a la confianza y apoyo que este les da a los gobiernos constitucionales y la política que ha asumido hacia las perturbaciones de la paz mediante   levantamientos revolucionarios. El poder imperial del gobierno de los Estados Unidos desea  comunicar al pueblo de Cuba lo siguiente: 1. el gobierno de Estados Unidos apoya al gobierno constitucional de la república de Cuba 2. el gobierno de Estados Unidos considera que la revuelta armada contra el gobierno constitucional, es un acto ilícito e inconstitucional y no será tolerado 3. los líderes de la revuelta serán considerados responsables de los daños causados a los nacionales extranjeros y de destruir propiedades foráneas”.

Como resultado, Gonzales respondió con un telegrama, en el cual decía que la publicación de la declaración había producido marcada impresión. El secretario de Estado cubano y el presidente habían dado una sentida respuesta.

El embajador de Cuba en Washington le leyó al subsecretario de Estado un telegrama de su gobierno, en que el presidente de Cuba le instruía hacer saber al gobierno de Estados Unidos que estaba muy complacido por el mensaje enviado. El pueblo y el gobierno lo habían recibido con gran satisfacción.  Desde luego, que García Menocal tenía que estar más que contento, feliz, radiante. El gobierno de Washington no cesaba de hacer constar que estaba a su lado y él, genuflexamente, doblaba la columna vertebral, como si fuera de goma, hasta que su frente le tocara el piso, para mostrar hasta que punto llega su servilismo.

El nivel de injerencia estadounidense en Cuba ya se mostraba de forma desmelenada. José Miguel Gómez había cometido un error de cálculo colosal,  porque García Menocal era un hombre al servicio de la casa de J. P. Morgan.

Ferrara y Raimundo Cabrera trataron de refutar los párrafos del mensaje de Lansing, a favor del gobierno de García Menocal y fundamentar la conducta de los líderes liberales. En este caso, bajo ampulosos conceptos, también los liberales pegaban la frente al piso y confesaban que había pedido al presidente Wilson que se inmiscuyera en los asuntos de Cuba. Para los liberales, al igual que para el gobierno de García Menocal, Estados Unidos se volvía árbitro y juez de las disputas internas de la isla.

Ese mismo 18 de febrero fueron procesados, después de ser apresados, el brigadier Gerardo Machado, el representante Clemente Vázquez Bello y 121 individuos más en Santa Clara.  Desde Santiago de Cuba el comandante del Petrel informó que los insurrectos estaban preparados para incendiar la ciudad y dinamitar la propiedad pública en caso de que fueran obligados a retirarse por un desembarco de tropas del gobierno.

Gonzales le informó a su departamento que el gobierno cubano que Jatibonico había sido recuperada por el coronel Pujol, y una tropa de caballería de 250 hombres estaba en Santa Clara. Allí, pequeñas bandas se habían rendido voluntariamente. En Pinar del Río la banda de Acosta y Pino Guerra había desaparecido. A poco Gonzales informó que representantes cubanos no aprobaban que se enviaran navíos cubanos a Santiago de Cuba, pues temían que los insurgentes destruyeran mercancías.  La cámara de comercio de Santiago de Cuba adoptó una resolución para trasmitirla al presidente Wilson. Decían que las autoridades rebeldes habían mantenido de forma perfecta el orden y estimaban, para evitar grandes daños, que la única solución sería una mediación del presidente Wilson.

La firma Mosle Bros. le escribió a Lansing. Le decían de sus grandes intereses en las plantaciones azucareras que poseían en Cuba y en otras ramas del comercio.
Griffith, el cónsul en Santiago de Cuba, pudo cablegrafiar al ministro en La Habana, y le explicó la situación imperante. Estaban cerrados muchos centrales azucareros, como Jobabo, Miranda, Palmarito y Palma Soriano; la Bethelehem Steel y la Cuba Copper Co. se quejaban de muchas dificultades y había varios puentes incendiados. Los víveres ya eran escasos y los bancos estaban cerrados. El pueblo estaba excitado.

Obviamente, cuando los cabecillas rebeldes no conocían la declaración de Lansing, publicada el día anterior, guardaban la esperanza de conseguir la ocupación de los estadounidenses. Esta quizás no estaba tan lejana, pero nunca serviría para apoyar las ideas de Gómez. El 21 el brigadier Joseph E. Kuhn, jefe de la War College Division, del estado mayor general, le informaba al jefe del estado mayor, que respecto a la orden de hacer un estudio para enviar lo antes posible 6 000 o 7 000 soldados a Cuba la división proponía enviar a La Habana una brigada de refuerzo, a las fuerzas ya acantonadas en la isla. La expedición embarcaría en Galveston, Texas.

Ya se iba clarificando la situación, al punto que Gonzales le comunicó a Lansing el 21, que creía que el plan de Gómez para lograr un gran levantamiento había fracasado.

Eso sí, Gómez no había sido localizado. García Menocal le había dado órdenes a sus fuerzas de hacer todo lo posible por encontrar a los seguidores de Gómez. Esperaba tomar la ciudad de Camagüey en breve.

Por su parte, La Discusión informaba que José Miguel Gómez era perseguido por fuerzas del ejército, comandadas por el coronel Collazo, en la zona de El Jíbaro. El ejército vigilaba la costa sur para evitar que Bacuino se fugara del país.

Unos días más tarde, el 23 de febrero, en un cable dirigido a los comerciantes santiagueros que le habían pedido al presidente Wilson la ocupación del país para evitar las pérdidas que podría producir la guerra, el propio mandatario les respondía en términos similares a la declaración de su gobierno, de 18 de febrero, en la que dejaba en claro que cualquier destrucción de propiedades sería atribuida a quienes se habían rebelado en contra el gobierno cubano, y que no se sostendrían comunicaciones con los líderes de la “revolución”, mientras estuviesen en armas contra el gobierno. El mensaje concluía: “El Gobierno de los Estados Unidos, como ha sido conocido por el pueblo de Cuba, apoyará solo métodos constitucionales para el ajuste de disputas y dispondrá de todos los medios a su alcance para llevar a cabo tal arreglo. Pero, hasta que aquellos que se han levantado en son de guerra en contra del gobierno no depongan sus armas, declaren obediencia a su Gobierno y regresen a sus obligaciones pacíficas, el Gobierno de Estados Unidos no podrá dar nuevos pasos”.  Sin lugar a dudas, las expectativas de Gómez de que Washington le lanzaría un salvavidas, no tenían sustentación alguna.

Grifith volvía a informar a Washington de la situación en Santiago de Cuba. Sus cables estaban siendo detenidos por la censura militar. No había garantías para las personas ni propiedades. Las minas cerrarían en 10 días, los bancos estaban clausurados por el gobernador militar, los negocios estaban perjudicados.  Gonzales complementó la información: los diarios se habían negado a publicar la declaración del gobierno de Estados Unidos. El jefe militar de Santiago de Cuba le había notificado al Royal Bank of Canada, que confiscaría sus fondos si era necesario. En Guantánamo los bancos estaban igualmente cerrados. El cónsul consideraba que la vida y la propiedad solo estaban garantizadas por los barcos de guerra fondeados en la bahía.

Por su parte, Griffith anunciaba a Washington que el día anterior las autoridades militares habían detenido los trabajos en los centrales azucareros del distrito sur.

Apuntaba que los sublevados tenían control absoluto desde Guantánamo a Ciego de Ávila, excepto Holguín, Antilla y Manzanillo. Parecía que el movimiento mercantil crecía por la emisión de 1 millón de pesos en bonos emitidos por el gobernador militar. La opinión unánime en Santiago de Cuba era que el gobierno cubano no podría controlar la situación y la única solución era la ocupación militar de Estados Unidos.  Gonzales comunicó que la detención de los trabajos de los ingenios, según la información del cónsul británico, se debía a que el comandante rebelde decía que García Menocal le había comunicado a Estados Unidos, que era capaz de proteger a todos los centrales azucareros y así demostraba que era incierto.    

Mientras se producía todo este tejemaneje; en efecto, las operaciones militares en marcha progresaban. Días después de comenzarlas el gobierno había movilizado las tropas leales de La Habana, que disponían de poderosos pelotones de ametralladoras browning, y las envió por mar a Manzanillo y, de ahí, a Bayamo. Al mismo tiempo, las de Matanzas, Santa Clara y tropas y milicias habaneras, atacaron a los rebeldes en la región de Sancti Spíritus. Gonzales pareció adivinar lo que pensaban los jefes rebeldes. En comunicación a Washington dijo que los líderes revolucionarios estaban tratando de lograr la “intervención” estadounidense. Se pensaba que pronto recurrirían a la destrucción de las cañas y los centrales. Si eso ocurría, el gobierno no podría mantener las ciudades y, al mismo tiempo, dar caza a las bandas de destructores. No sabía, en la semana siguiente, qué política seguirían. Solo una rápida acción de Estados Unidos podría impedir inmensas pérdidas materiales.

En efecto, varios caudillos de los alzados, convencidos de que, si no hacían algo, y pronto, su causa naufragaría cursaron órdenes enérgicas a los jefes de los grupos alzados de acentuar los ataques a las propiedades extranjeras (léase estadounidenses) y sabotear la zafra para provocar de una vez la ocupación. "La intervención", le dijeron los alzados al estadounidense Bullard, administrador del central Jobabo, "es la única solución". A la vez, el 26 las tropas del gobierno llegaron a Camagüey, reconstruyeron puentes del ferrocarril y aumentaron sus operaciones para reducir a los insurrectos de la provincia, los restos de las fuerzas liberales de Santa Clara, dirigidas por el teniente coronel Eliseo Figueroa, el comandante del ejército Luis Solano y el coronel de la independencia Carlos Mendieta, habían tomado aquel rumbo, para tratar de reagruparse con los sublevados de Camagüey, que estaban bajo el mando del veterano de la independencia y senador elegido, Gustavo Caballero. 

Para comenzar a preparar condiciones el 26, los estadounidenses desembarcaron 220 marines y dos compañías de infantes de marina procedentes del Connecticut, en Caimanera. Gonzales esperaba este desembarco porque así se lo había informado la estación naval de Guantánamo ya que había empezado la destrucción de la caña.  Después estas fuerzas ocuparon Nuevitas y Mayarí.  Gonzales informaría, al día siguiente del desembarco, que las condiciones del poblado eran insatisfactorias.  La ocupación parecía inminente.

Gonzales era demasiado parco en su descripción de Caimanera. La situación más aproximada la daba en aquel año de 1917 el cónsul H. M. Wolcott, quien afirmaba: “No hay palabras para describir el pueblo completo de Caimanera por sus defectos morales y sanitarios. Las calles son huecos de fango durante la estación de las lluvias y no tiene servicio alguno de alumbrado público. Cerca de los muelles y regados entre los pocos lugares de comercio legítimo, se encuentran los salones y casas de prostitución del tipo más deplorable. No hay lugar de entretenimiento o recreación que no tenga una influencia inmoral”.  A Wolcott se le olvidaba decir que ese antro, que quería describir, era justamente causado por la presencia de los marines de la cercana base naval de su país. 

El 26 el coronel Pujol ocupó Camagüey y restableció el gobierno civil. Entonces avanzó hacia Nuevitas único puerto de la provincia ocupado por los rebeldes. En los límites de Camagüey y Santa Clara, cerca de la costa sur, los leales derrotaron a una poderosa fuerza rebelde supuestamente dirigida por Gómez. Este fue el parte que ese día cursó Gonzales a Washington.  Por su lado Griffith anunciaba que la cañonera Cuba bloqueaba la entrada del puerto de Santiago de Cuba.  Aquel mismo día, Bayamo resultó recuperada sangrientamente por el coronel Matías Betancourt. Los insurgentes se retiraron por ferrocarril hacia Santiago de Cuba.  

Gonzales le informó al secretario de Estado que el Royal Bank of Canada había entregado bajo presión, 350 000 dólares de fondos gubernamentales, a los insurgentes que amenazaban con una emisión forzosa de bonos o impuestos de guerra. Los insurgentes permitirían la reanudación de la zafra, solo por la solicitud del gobierno de Estados Unidos mediante el cónsul.

Griffith a esas alturas añadía que la situación se había agravado pues ya había 30 o más centrales azucareros detenidos, de los cuales 10 o 12 eran de propiedad estadounidense. Esto significaba la pérdida de millones de dólares diarios para los propietarios. Tenía información que similar orden de parar se daría a la industria minera.
Para fines de febrero, en Oriente, todavía la situación era auspiciosa pues prácticamente todas las poblaciones, excepto Manzanillo, Holguín y Baracoa, habían quedado desde los primeros momentos del alzamiento en manos de los rebeldes, y aunque ya habían comenzado a operar allí las fuerzas gubernamentales los enfrentamientos eran escasos aunque crecientes. Desde luego, en relación con esto influía poderosamente el criterio de los jefes del distrito de Santiago de Cuba, de que lo fundamental no era batir a las fuerzas gubernamentales sino entrar en negociaciones con los estadounidenses en busca de que impusieran la celebración del nuevas elecciones bajo su supervisión.

En la actuación de los mandos del distrito de Santiago del Cuba desempeñaban un papel fundamental las decisiones y criterios del comandante de la Escuadra Minera de la Flota Americana del Atlántico, Reginald R. Belknapp, que se firmaba Encargado de los Asuntos Navales de los Estados Unidos, en Santiago de Cuba y su vecindad, que con la aprobación de los más altos jefes navales en Estados Unidos llegó a interpretar la referencia que se hacía en el cable de Wilson, el 23 de febrero, sobre la solución por métodos constitucionales de los asuntos en disputa, como una promesa de que se celebrarían posteriormente nuevas elecciones. Por eso el jefe del distrito de Oriente, que al sublevarse se había proclamado gobernador militar del territorio, una vez que le dio posesión como gobernador civil de la provincia a quien por la ley correspondía, y luego de expresar que solo esperaba la amnistía para volver a la obediencia constitucional que Wilson indicaba, llegó a considerar que quedaba instalado legalmente como comandante militar de la provincia. Ese juicio lo fundaba, además, en que Belknapp lo había reconocido como tal. En consecuencia, casi de forma increíble, se dispuso a pedirle a García Menocal que subordinara a su mando las fuerzas gubernamentales en operaciones contra ellos. Aparte de la cierta ingenuidad que encerraba tal idea, esta no era explicable únicamente por la fuerza que se le concedía a las palabras del primer cabo estadounidense que en la isla opinara cualquier cosa, sino también por la prepotencia desplegada por Estados Unidos y sus autoridades, que llegaron al extremo de que Belknapp, en una proclama que dio a conocer, ordenara el cese de las operaciones en la provincia  excepto las dispuestas por el jefe (sublevado) del territorio , y advirtiera amenazadoramente que quien actuara contrariamente sería castigado con la penalidad máxima que prescriben las leyes",  y esta orden comprendía también a las tropas gubernamentales.

El 1ro. de marzo Griffith informó que el día anterior se había producido una conversación informal, a bordo del buque San Francisco, a sugerencia del comandante Belknap y los comandantes rebeldes habían planteado que estaban dispuestos a deponer las armas si les era garantizada una amnistía por Estados Unidos. Esta propuesta fue telegrafiada al departamento de Marina.

Aquel 1ro. de marzo, el senador Swanson lanzó una carga de profundidad contra los insurgentes: declaró en Washington que tenía la absoluta seguridad de que “Alemania sostenía el movimientos sedicioso en Cuba”. Esta pasmosa declaración causó estupor en la isla e hizo surgir una frase que se popularizaría y sería empleada durante largos años en Cuba “Se la comieron”. 

Ese día, el destroyer Cassini entró en la bahía de La Habana. Tres días antes había estado en Nuevitas y su comandante le había dicho al jefe rebelde que si había desorden desembarcaría fuerzas navales; la respuesta fue, que era eso precisamente lo que deseaban. El domingo el jefe rebelde le dijo al comandante del Cassini, que se hiciera cargo de la ciudad ya que la evacuarían a la mañana siguiente. El Cassini zarpó el domingo por la tarde. El Eagle había llegado a Nuevitas el 27 de febrero y permanecía allí.

La cámara de comercio de Santiago de Cuba se había dirigido días antes al presidente Wilson, y le había pedido la “intervención” en Cuba para salvar sus propiedades.

Este primer día de marzo, Lansing le instruyó al ministro estadounidense trasmitir al gobierno cubano la respuesta del presidente Wilson a la cámara de comercio. Ordenó decirle que se entendía que el gobierno había aplastado exitosamente la rebelión y que el gobierno de los Estados Unidos deseaba felicitar sinceramente al gobierno cubano por su triunfo. Sugería que el presidente emitiera una proclama declarando que tan pronto como los que estaban rebelados depusieran sus armas, se celebrarían elecciones y se acodaría la amnistía para los que estaban en la revuelta. Estados Unidos ofrecía sus buenos oficios, para llegar a una solución por medio de la ley y los tribunales cubanos. El ministro fue instruido para que presionara, en cuanto a la obediencia de esta sugerencia y para que señalara que otra acción podría llevar a la destrucción y a la formación de una guerrilla que demoliera el efecto moral de los éxitos del gobierno.  Al mismo tiempo, se le daban instrucciones al ministro González de presentar a García Menocal el telegrama del departamento, enfatizar las declaraciones del gobierno estadounidense y aclarar al pueblo de Cuba y al mundo su posición, como el patriótico defensor de métodos constitucionales para la solución de las diferencias electorales, y lanzar una  proclama que estableciera, junto con la exigencia de la deposición de las armas por los rebeldes, que se convocarían elecciones en Santa Clara y Oriente y se concedería una amnistía a quienes habían tomado parte en la sublevación. De forma inaudita, Lansing le decía a Gonzales que presionara de inmediato el acatamiento del presidente, en virtud de la sugerencia del gobierno de Estados Unidos.  Parecía que el canciller de Washington le estuviera dando órdenes al ministro para que tratara de apurar a un cochero, un criado o un cabo cualquiera del ejército.    

Por supuesto, García Menocal, que no era tonto ni manso, y no estaba dispuesto a obedecer sugestiones que fueran contra sus intereses, aunque vinieran de Washington, pues sería renunciar a lo que estaba ganando a sangre y fuego, buscó subterfugios para jugar cabeza y no cumplir lo que más que todo parecían exigencias.

El 2 de marzo Gonzales informó a su cancillería que el presidente había prometido dar respuesta por escrito al día siguiente a lo expuesto, parecía indiferente a hacer nuevas elecciones en Santa Clara y Oriente, pero en cuanto a la amnistía a los oficiales en rebeldía decía que tal cosa significaría la ruina del ejército.    
Tanto era el mangoneo que Washington quería ejercer sobre el gobierno, que el secretario de Estado le instruyó a Gonzales que en vista de la condiciones informadas por el comandante naval en Santiago de Cuba, recomendaba que el gobierno cubano levantara inmediatamente el bloqueo y los cónsules reanudaran la expedición de permisos en Santiago de Cuba. Añadió que el departamento estaba en coordinación con los banqueros de Nueva York respecto a la entrega de fondos para aliviar la situación.

En eso, veinticinco hacendados escribieron al gobierno de Washington para quejarse de la situación de peligro, en que estaban sus propiedades.  Era obvio el temor de los hacendados de que la zafra terminara en un desastre. Un memorándum de la división de asuntos latinoamericanos, del departamento de Estado, exponía que un ciudadano estadounidense que había acabado de regresar de Cuba, había tenido una conversación con Manuel Rionda. Estaba convencido de que las últimas elecciones habían sido perdidas por el presidente. Aseguraba el hacendado, que si la situación se mantenía así por 30 días causaría tal estrago a la zafra, que el costo del alzamiento recaería inevitablemente en el consumidor estadounidense. Rionda recomendaba que Estados Unidos enviara a Cuba al general Wood, facultado para escuchar a ambas partes. Añadía que esto restablecería las condiciones de paz.  Como para confirmar las afirmaciones de Rionda, Gonzales informó a Lansing que había sido hallada, en Santa Clara, una circular de Gómez en la que ordenaba quemar y destruir propiedades. 

El 4 de marzo Gonzales le escribió a su canciller para explicarle que, mediante proclama del 27 de febrero, García Menocal le había concedido amnistía a los alistados y al amparo de esta 110 alistados habían regresado a sus deberes, uno o dos tenientes habían sido perdonados, cientos de civiles se habían rendido y habían sido liberados. La capital de Oriente había sido cortada del acceso al distrito donde debían celebrarse las elecciones. García Menocal había anunciado que haría que se celebraran comicios con garantías, tan pronto como las condiciones lo hicieran posible. Añadía Gonzales, que se habían celebrado elecciones parciales en Santa Clara; si habían sido justas era una cuestión sujeta a apelación al Tribunal Supremo. No había llegado declaración de que a algún votante se le hubiese negado el derecho a sufragar en Santa Clara, o que se hubiese empleado la fuerza. Los liberales se habían alzado días antes de las elecciones y pocos habían votado. Muchas papeletas electorales se habían depositado en nombre de personas no presentes. Pero esto era un fraude electoral común, a causa del sistema erróneo vigente. Todo el sistema necesitaba un cambio. La cuestión era si Estados Unidos debería insistir en purificar seis distritos electorales, donde los conservadores se habían beneficiado rellenando urnas, sin considerar los cientos de distritos donde se habían practicado fraudes similares en beneficio de otros partidos.

Gonzales no podía ser tan tonto para no percatarse de que el anuncio de García Menocal de que celebraría elecciones con garantías, tan pronto las condiciones lo permitieran era una tomadura de pelo, un juego de cabeza que no pararía en nada. García Menocal no celebraría más elecciones ni aunque se lo mandara el cura. Estaba claro, que Gonzales lo aceptaría pues era más menocalista que García Menocal.

El congreso votó por autorizar a García Menocal a dictar la suspensión de las garantías constitucionales. A poco fueron detenidos los legisladores Juan Gualberto Gómez y Alberto Barreras.  Ferrara le escribió a Lansing para decirle que se había votado sin cuórum. Añadía que el general Gómez, el comandante Fernández, Raimundo Cabrera y él, habían declarado estar dispuestos incondicionalmente a seguir la dirección del gobierno de Washington en la cuestión de las elecciones y a aceptar cualquier solución que el gobierno estadounidense considerara justa y equitativa.  A esas alturas ya los líderes liberales estaban dispuestos a lamer el piso de la Casa Blanca y del departamento de Estado. Era una vergüenza que se hubieran levantado en armas, para terminar de manera tan ignominiosa.   

Todo parecía indicar de que había movimiento de partidas que creaban una situación de gran inquietud entre la ciudadanía de la provincia de Santiago de Cuba. El 6 Merrill Griffith escribía al secretario de Estado, que el gobernador civil de la provincia había jurado su cargo hacía horas. El capitán Belknap le había asegurado que, al jurar sus cargos los líderes opositores, se garantizaría que hubiesen elecciones justas, los puertos quedarían abiertos y no se permitiría que fuerzas de la oposición entraran en Santiago de Cuba. En esos momentos, se preparaba un bando para su publicación con estas disposiciones.

Mas, luego de la amenaza lanzada por el comandante de la Escuadra Minera para que cesaran las hostilidades, el jefe de las tropas gubernamentales que asediaban a Santiago, declaró que no recibía más órdenes que las de García Menocal y avanzó sobre la ciudad. Para evitar la lucha el marino estadounidense le pidió a los rebeldes que la evacuaran, y les prometió que no dejaría pasar a los menocalistas. Gonzales había creído que si se les daba la oportunidad, los oficiales rebeldes se hubieran rendido y los alistados hubieran aprovechado la amnistía decretada por García Menocal.  Pero nada de eso sucedió. Por eso, al día siguiente, en tanto el regimiento Antonio Maceo, se preparaba para replegarse hacia Guantánamo, 500 infantes de marina ocuparon Santiago. Ese acuerdo entre los marinos estadounidenses y los rebeldes provocó que García Menocal presentara una protesta    airada ante Gonzales, y este la transmitiera al departamento de Estado. En su comunicación, Gonzales confió al secretario de Estado, que el cónsul Grifftih y el comandante del San Francisco, por arreglo con los rebeldes habían complicado la situación, e insultado al gobierno cubano. Habían violado la política del presidente Wilson, como había sido anunciada a la cámara de comercio del Santiago de Cuba. Esas solemnes declaraciones habían sido tratadas por ellos, como si fueran meros desechos de papel.  Relampagueantemente, llegó de Washington la desautorización del pacto.

Entre finales de febrero y la primera semana de marzo de 1917 las fuerzas del gobierno derrotaron sucesivamente en varios combates a los alzados en la provincia de Santa Clara. Por fin, el 7 de marzo, en las inmediaciones de la hacienda Caicaje, José Miguel Gómez, Quiñones y otros 200 hombres se rindieron a las tropas gubernamentales  y el caudillo fue conducido prisionero a La Habana. Gonzales informó a Washington que Gómez y el coronel Quiñones, junto con 400 hombres habían sido derrotados cerca de Placetas por fuerzas gubernamentales bajo el mando de los coroneles Collazo y Consuegra. Gómez sería confinado en alojamientos especiales de las prisiones estatales, acusado de rebelión, destrucción de la propiedad y apropiación de fondos del gobierno. Quiñones y otros oficiales serían juzgados por tribunales militares.  A continuación Gonzales informó que García Menocal había publicado una proclama en que anunciaba la captura de Gómez, y exhortaba a todos los que todavía estaban sobre las armas a deponerlas. Sobre la situación en Oriente había promulgado una proclama en que decía que 10 días después del restablecimiento del gobierno constitucional, en Santiago de Cuba, se convocarían las elecciones de conformidad con la decisión del Tribunal Supremo o de las decisiones de la Junta Central Provincial de Escrutinios. Al amparo de la ley, las personas que no estuviesen en prisión podrían votar hubiesen sido o no insurgentes. García Menocal reconocía a García Muñoz, como gobernador, y este le cablegrafió a García Menocal con la solicitud de designar a Rigoberto Fernández, comandante militar de Oriente. García Menocal no le respondió por considerar absurda esa petición.

El 9 de marzo el juez especial Balbino González le impuso una fianza de 1 000 000 de pesos a José Miguel Gómez para dejarlo en libertad provisional, hasta que se le juzgara por la causa que se le seguía: rebelión armada y daños a la propiedad.  Seguramente la impuesta era la más alta fianza que nunca se le había cargado a un reo en Cuba.

Griffith comunicó a Lansing que los rebeldes rehusaban prometer lealtad al gobierno. Estaban peleando en Palma Soriano contra esas fuerzas. Creía que algún tipo de armisticio era la única fórmula de impedir un gran desastre y el derramamiento de sangre. Los marines habían desembarcado para proteger las propiedades y las leyes. La ciudad estaba tratando de liberar a tres prominentes políticos prisioneros.

El secretario de Estado confiaba en que presionando a García Menocal, este llamaría a elecciones. Para eso instruyó a Gonzales que le informara al presidente divulgar una proclama, en que estipulara la celebración de elecciones en Oriente, después que los rebeldes depusieran las armas. Esto mostraría su sinceridad.  Como también se había mencionado anteriormente las elecciones en Santa Clara, el gobierno cortó de un tajo tal pretensión. El 7 de marzo, el gobierno cubano cursó un telegrama a su embajador en Washington para que hiciera llegar a la cancillería de la ciudad del Potomac un mensaje, en que decía que se le instruía informar al gobierno de Estados Unidos que no había elecciones pendientes, excepto en Oriente, ya que las de Santa Clara se habían celebrado el 14 de febrero con la observancia de todos los requisitos legales, y sin que se hubieran presentado protestas.

Griffith a esas alturas informaba que 400 soldados habían abandonado Santiago de Cuba para unirse a tropas de Guantánamo. Al mismo tiempo se informaba que se habían quemado dos edificios del central Palma y había rumores de que se pensaba destruir la planta eléctrica de Santiago de Cuba.

El gobierno de Washington insistía en que García Menocal convocara a nuevas elecciones. Bien sabía que las de Santa Clara habían sido una farsa. Pero cualquiera hubiera sabido que García Menocal, terco como una mula, les habría repetido los argumentos del 7 de marzo, enviados al ministro cubano en Washington: las elecciones de Santa Clara ya habían sido llevadas a cabo y solo faltaban las de Oriente, y, por favor, no jeringaran más con tal asunto. 

El 12 de marzo Gonzales le comunicó a Lansing que Desvernine, el secretario cubano de Estado, salía de inmediato para Washington para presentar el punto de vista cubano ante el departamento de Estado, respecto a las elecciones y la comisión propuesta. El 16 de marzo Desvernine se entrevistó en Washington con su homólogo estadounidense, Lansing, para informarle de la situación en Cuba y por qué no se podían celebrar nuevas elecciones en Santa Clara, así como el frustrado intento de derrocar al presidente García Menocal.  Ni torciéndole el brazo el mandatario consentiría en organizar tales elecciones.

Gonzales le comunicó a Lansing que el coronel Lores había llegado a La Habana. Era uno de los oficiales que Rigoberto Fernández había amenazado con ejecutar. Lores se quejó de que había enviado cuatro mensajes al cónsul Griffith, solicitándole lo visitara en la prisión y nunca había ido. Lores también había solicitado que Griffith lo llevara al consulado, pero este le respondió que no tenía alojamiento. El comandante Luis del Rosal decía que Griffith frecuentaba a los rebeldes, a los cuales pertenecía en cuerpo y alma. Había protestas de que Griffith había recibido 25 000 dólares de los rebeldes. Gonzales confió que ya había expresado su opinión al departamento de los prejuicios del cónsul a favor de los rebeldes.

Gonzales comunicó a su departamento que el cónsul en Santiago de Cuba y el comandante naval no se ponían de acuerdo, sobre las condiciones en aquella ciudad. El comandante la entregaría al gobierno, cuando este llevara 650 hombres que llegarían por mar en los próximos días. Había fuerzas del gobierno en los alrededores de San Luis, en espera de una conferencia entre funcionarios del gobierno cubano y el comandante del Montana, en Guantánamo. Si se concediera ayuda militar de Estados Unidos esta se podría emplear en custodiar las líneas ferroviarias principales y las propiedades y  dejar a las tropas cubanas la custodia de las propiedades más lejanas y perseguir bandidos.

Griffith comunicó que seguían los combates en Dos Caminos y se destruían las propiedades. Había informes de que todos los comercios de Dos Caminos y Alto Songo habían sido saqueados y la mayoría de la población pedía a gritos la “intervención” y la supervisión de unas nuevas elecciones en Santa Clara. El administrador del Alto Cedro planteaba que las vidas estadounidenses peligraban.  Para el 15 de marzo efectivos navales estadounidenses ocupaban Manzanillo, El Cobre, Nuevitas y Preston.

Eran lugares en que había empresas estadounidenses, que se creían amenazadas por los rebeldes.

Un pasaje de aquellos instantes demuestra la zorrería del presidente. Dos representantes del gobierno de la provincia de Santiago de Cuba enviaron un mensaje a García Menocal en el que le informaban que interpretando sus deseos unos políticos habían visitado al alcalde Camacho, liberal, refugiado en el consulado italiano. Le habían asegurado en su nombre que no sería molestado y sería respetado en su cargo de alcalde. Solicitaron de él explicara la actitud del gobierno a todos los liberales, y que el gobierno se oponía a toda represalia y deseaba la paz y la tranquilidad. García Menocal había respondido: “Aplaudo su conducta. Continúen empleando estos métodos”.

Al fin, bajo la sombrilla de los marines, fuerzas de La Habana ocuparon Santiago de Cuba. Gonzales le comunicó al secretario de Estado que habían arribado 600 soldados del gobierno, que eran suficientes para proteger la ciudad, si eran retirados los infantes de marina. Pero le había dicho al comandante Belknap que resultaba aconsejable diferir el reembarque, hasta la llegada de más tropas. Gonzales dejó caer algo, que hasta ahí no había mencionado: había resentimiento en la población contra los estadounidenses. 

Redfield, el secretario de Comercio estadounidense le pidió a Lansing datos sobre la insurrección en Cuba. Este le respondió que las regiones afectadas eran Santa Clara, Camagüey y Oriente. El departamento cooperaba en todo lo posible con la marina para prestar la protección posible  a los intereses estadounidenses. Esperaba que en breve se restableciera el orden.

El teniente coronel Julio Sanguily le telegrafió al presidente que el regimiento completo de Santiago de Cuba y otros 40 soldados, que estaban con los rebeldes se habían rendido el 16. Había recorrido los alrededores, pero no había encontrado alzados. García Menocal apuntó que la agitación en Santiago de Cuba contra la ocupación de la ciudad, por fuerzas cubanas era a causa de influencias de ciertos comerciantes prominentes afiliados a los rebeldes, porque temían ser llevados a prisión. Estaban avanzando desde Bayamo a San Luis 500 soldados. El alcalde de Bayamo informaba que los centrales azucareros de Manzanillo estaban moliendo. El camino de Bayamo estaba abierto y muchos rebeldes se estaban presentando.

El Montana le solicitó un armisticio a García Menocal, y este requirió se le informara el objetivo. Finalmente, Gonzales informó al comandante del buque que se concedía la tregua con el propósito de que se celebraran conferencias con líderes rebeldes en el buque. El presidente aceptaba sus tropas no avanzaran al este de Alto Songo, durante cinco días.

Por fin llegó a Santiago de Cuba una comunicación que era un raspapolvo disimulado para Griffith, pues le imponía de deseo del departamento de que siguiera al pie de la letra la política trazada por el gobierno de Estados Unidos y no mostrara favoritismo hacia los rebelados contra el gobierno constitucional. Además, debía seguir al cuidadosamente las instrucciones del ministro estadounidense en La Habana. 

Griffith informó poco después de que luego del desembarco de 500 soldados del gobierno los marines se habían retirado. Los rebeldes habían advertido que si las fuerzas del gobierno desembarcaban ellos atacarían. Había escaramuzas en las afueras de Santiago de Cuba. El nuevo gobernador había asumido su cargo y, también, los funcionarios del gobierno.

Ferrara insistía en tratar de ganar con papeles la insurrección. Le escribía a Lansing, y le decía que García Menocal con sus declaraciones públicas y las notas oficiales de Estados Unidos no había podido restablecer la paz. La insurrección continuaría a pesar de la captura de Gómez. Mientras García Menocal usurpara el poder, la paz en Cuba sería imposible.

Los rebeldes de Victoria de las Tunas firmaran un acta ante el teniente J. A. Lee, de la armada de Estados Unidos, en la que exponían que deseaban obtener del gobierno de Washington la celebración de elecciones supervisadas por Estados Unidos, amnistía para los levantados en armas y sin que fueran confiscados sus propiedades. Si esto se lograba, depondrían las armas.

La confianza de  los estadounidenses no solo era de sus ciudadanos, sino también de sus compañías. Al punto llegaban, que más parecía que actuaban en país ocupado. Lehman, representante de la Guantánamo & Western Railroad Co., le escribió a Lansing y le expuso que le agradecía la actividad desplegada a favor de la protección de las compañías que representaba. Había recibido el siguiente cable de sus oficinas de Guantánamo: “Ayer se celebró una conversación con los líderes liberales en Ermita.

Estamos arreglando cinco días de armisticio y una reunión de los liberales en el Montana con el coronel Jané. 500 tropas del gobierno desembarcaron hoy y se ofrecen para relevar a los marines. Todos los centrales de la zona están moliendo. Probablemente la reconstrucción de puentes llevará 30 días. Los liberales están en Songo y La Maya. Recomiendo que no se acepte la oferta del Gobierno cubano de relevar a los marines. La única forma de salvar nuestras propiedades y hombres en Oriente es el respeto por el uniforme de los Estados Unidos y la reputación de nuestros marines.

En eso Gonzales se dirigió a su canciller para informarle que los rebeldes habían declinado asistir a la conferencia en el Montana, porque el armisticio no abarcaba toda la provincia de Oriente. García Menocal decía que esa solicitud seguía pautas de política de Ferrara para involucrar al país y a Estados Unidos a entrar en el pacto con los rebeldes. Y, ahora, ¡escúchese bien lo que un presidente cubano era capaz de solicitar!: García Menocal expresaba su deseo de que se desembarcaran infantes de marina en Daiquiri y otros puntos, amenazados por la costa entre Santiago de Cuba y Guantánamo. Se hacía ahora una declaración en que se hacía responsables a los rebeldes de convertirse en bandidos, y tratar como beligerantes a los hombres que no combatieran, sino que amenazaban con asesinar estadounidenses desarmados.
Increíblemente, frente a la posición de Gómez, o más bien de Manuel Sanguily, cuando protestó por la posibilidad del desembarco de marines en Cuba en 1912, García Menocal solicitaba que bajara la peste rubia en las costas cubanas. Era la carencia total de patriotismo de un antiguo general mambí, convertido en un mayordomo de los gringos.  

El 21 se informaba que el coronel Pujol había atacado en Camagüey a rebeldes bajo el mando de Caballero, ex gobernador de la provincia y senador electo. Se habían rendido 27 soldados en Santiago de Cuba y Camagüey. El general Carlos Giro se había rendido en Pinar del Río y el coronel Eudaldo de Feria con otros destacados revolucionarios se había asilado en la cañonera Machias en la costa norte de Oriente y se le permitiría salir del país.

Gonzales comunicó que había persistentes rumores de que Estados Unidos “intervendría” en defensa de los rebeldes y para evitar la destrucción de propiedades o muerte de ciudadanos de ese país. Entonces el ministro recomendó que ese resultaba el momento sicológico adecuado para otra declaración del departamento que ayudara a un desplome inmediato de los rebeldes.  De esa manera, el 23 de marzo Lansing instruyó emitir una declaración al pueblo cubano que decía 1. que el gobierno constitucional cubano había sido y estaba siendo apoyado por el gobierno de Estados Unidos en un esfuerzo para restablecer en orden en toda la república. 2. El gobierno de Estados Unidos, enfatizaba su condena de la conducta de quienes estaban en la revuelta contra el gobierno constitucional, intentando arreglar por la fuerza de las armas las disputas para las que había remedios legales adecuados, y deseaba señalar que hasta que los revoltosos no reconocieran sus obligaciones como ciudadanos de Cuba, dejaran a un lado las armas y regresaran a la obediencia al gobierno constitucional Estados Unidos no podría mantener comunicación con ninguno de ellos y sería forzado a considerarlos fuera de la ley sin su consideración.  A pesar de la negativa de Lansing de no mantener comunicación con los rebeldes las autoridades de la marina conversaron con varios de sus líderes, y esto fue aprovechado por el secretario de Estado para buscar la pacificación de la isla.

Gonzales le trasmitió a Lansing un despecho del 20 de marzo del comandante del Eagle al secretario de Marina, que adjuntaba una copia de una comunicación de una conversación de varios oficiales rebeldes con el oficial de la nave. El comandante del buque había expresado que tenía la certeza de que si Estados Unidos consideraba conveniente actuar favorablemente a solicitud de los rebeldes, como se comunicaba en este memorándum la tranquilidad y el orden serían restablecidos rápidamente.

Adjunto a este documento estaba una comunicación del comandante del Eagle en el que informaba que los líderes rebeldes aceptarían el resultado de los comicios cuya justeza fuese garantizada por Estados Unidos, y que la supervisión de Washington era el único medio de lograr eso. Estaban determinados a forzar una ocupación. No había tropas gubernamentales en la vecindad excepto en el central Chaparra. El gerente de la Manatí Sugar Co. pedía fuerzas para proteger sus cañaverales y puentes ferroviarios. Era muy conveniente una pronta respuesta a la proposición de los líderes rebeldes. En otra nota adjunta del día anterior, desde Victoria de las Tunas los oficiales rebeldes hacían una declaración en la cual planteaban su deseo de que se celebraran elecciones en Cuba, supervisadas por Estados Unidos y obtener una amnistía para los rebeldes. Si era así depondrían las armas y garantizarían el restablecimiento del orden.

Pero aquel levantamiento boqueaba. Cerca de Cienfuegos fueron hechos prisioneros Collado y nueve alzados. También el coronel Carlos Roca. Otros se rindieron en Camagüey y Santa Clara, entre ellos había desertores del ejército.  Por fin las elecciones en Victoria de las Tunas se celebrarían el 8 de abril. No hubo sorpresa alguna, García Menocal ganó como era de esperar 86 votos por 36.

El mayordomo para asuntos latinoamericanos, del departamento de Estado, Stabler, recibió la visita del ministro cubano en Washington, quien le planteó deseaba tratar con el departamento de Guerra la compra inmediata de 5 000 fusiles. Stabler le dijo que era posible, pero debía enviar una nota a ese departamento. Entonces Stabler le habló de que consideraba el doctor Zayas deseaba llamar al presidente García Menocal, pero temía hacerlo y que parecía que ese asunto podía arreglarse de algún modo. Zayas se esforzaría porque sus partidarios depusieran las armas y regresaran a la obediencia. El ministro cubano dijo que creía Zayas debía hacerlo, pero temía provocar una situación más tensa.

Lansing escribió a Gonzales y el planteó que el comandante del Prairie informaba que unos 40 rebeldes, en Guantánamo, estaban deseosos de llevar allí la insurrección.

Pensaba que su rendición facilitaría el colapso de la rebelión. Recomendaba que el coronel Jané, fuese a Guantánamo a arreglar las condiciones. Debía presentar el asunto al gobierno cubano para su consideración.

Zayas, matrero como siempre, con plena comprensión de que todo había acabado, escribió a Gonzales y le dijo que desde el principio de la revuelta había estado fuera de toda actividad política. Pero creía conveniente actuar como presidente del partido Liberal y candidato a la presidencia. Deseaba que Gonzales interviniera, para que el gobierno cubano le asegurara de que no lo acusaría y tendría libertad para ir a Washington.  El presidente le respondió que no debía temer ningún arresto. Pero García Menocal no quería la interferencia de Zayas en Estados Unidos. Le mando decir que no lo acusaría, pero no consentiría su viaje a Washington. 

El 29 Gonzales comunicó a Lansing que las tropas gubernamentales habían atacado a los alzados que ocupaban Alto Songo. Después de 7 horas y con 12 muertos, los rebeldes se retiraron a La Maya. De nuevo, al ser desalojados se retiraron a Ti Arriba, después de sufrir seis muertos. El gobierno tuvo dos muertos y 12 heridos.  Luego comunicó que en Guantánamo se habían rendido escuadrones de caballería y compañías de infantería, más civiles armados.

El 30 se informó que el coronel Varona se había rendido con todos los soldados a su mando y los oficiales, excepto cinco. En total 580 militares y 230 civiles armados. Quedaban todavía en Camagüey dos fuertes contingentes rebeldes.

El taimado Zayas volvió sobre Gonzales, para comentarle lo difícil de su situación personal. Estaba convencido de haber ganado las elecciones y, sin embargo, los liberales no habían podido ejercer su derecho al voto en Santa Clara. Entonces hizo una pregunta capciosa: ¿el gobierno de Washington no establecía diferencias entre el partido Liberal y la revuelta?  Bien sabía que los liberales, al menos en parte, eran sin dudas los responsables de aquellos sucesos, pero no todos. Comprendía de sobra que la mano que había tirado la piedra, era la de su antagonista José Miguel Gómez y sabía que lo había hecho tres días antes de las elecciones, para robarle la oportunidad de llegar a la presidencia y tratar de ser él, el caudillo espirituano el que se apoderara de la silla de doña Pilar. Pero ahora era muy difícil que él pudiera recuperar lo ganado por su otro oponente, García Menocal. Gonzales le contestó a Zayas, de forma insincera, que el abogado asumía erróneamente que el gobierno de Washington estaba contra el partido Liberal.

Curiosamente, el secretario de Estado decidió que se preparara un boletín diario de noticias sobre el oriente cubano, para enviar al gobierno cubano mediante el ministro.

El primero decía que el Tagle informaba que aumentaba el desorden. Fuerzas de Caballero avanzaban hacia Manatí. Se enviarían tropas pocos días antes de las elecciones del 6 de abril. Extranjeros estaban siendo robados y maltratados. Mujeres y niños estaban desamparados en Galbis.  Lansing volvió a escribir a Gonzales, esta vez altamente inquieto. Le decía que los informes del Eagle de Manatí planteaban que la situación resultaba grave. Pero el 4 de abril Gonzales le comunicó a Lansing, que el jefe estadounidense en Manatí informaba dominio absoluto de la situación y que el telégrafo y el ferrocarril mejoraban.

El secretario de Marina informó en un despacho que habían sido arrestados ex líderes cubanos de la revuelta, por fuerzas de la marina estadounidense en Port au Prince.

Estos eran los oficiales R. Fernández, Loret de Mola, Cárdenas y Estrada. Su detención por militares estadounidenses parecería una falta de lealtad. El oficial al mando del destacamento de la marina en Port au Prince informaba que estos hombres llevan 200 000 dólares en oro, y que estaban arrestados hasta recibir instrucciones del departamento de Estado de Washington.  De inmediato, el ministro cubano en Washington, Carlos Manuel de Céspedes se comunicó con Lansing para solicitarle la detención provisional de Rigoberto Fernández, Loret de Mola, Oro, Estrada y José de Cárdenas para seguir el curso de la extradición, que sería solicitada por su gobierno bajo los cargos de asalto e incendio. Al mismo tiempo, solicitaba que la suma que se les había ocupado, ascendente a 140 000 dólares, se retuviera como prueba. 

Lansing le comunicó al cónsul en Guantánamo, que el gobierno cubano había solicitado la extradición de Fernández y de Loret de Mola, bajo los cargos de asalto e incendio y que los oficiales estadounidenses en Haití informaban que aquellos, en efecto, disponían de 140 000 dólares. Entonces, le preguntaba al cónsul, si él y el comandante de las tropas estadounidenses, sabían que tenían esa suma en su poder. Ahora venía la explicación de las interrogantes: el departamento no aprobaba su actuación de haber ayudado a la transportación de esos soldados sin solicitar autorización.  

Las rendiciones continuaban. El 3 y 4 se entregaron 155 rebeldes en Santiago de Cuba y Guantánamo.  Mientras, ilegalmente, el gobernador de La Habana, Celestino Baizán, destituyó del cargo de alcalde de Marianao a Baldomero Acosta, por alzarse contra el gobierno del presidente García Menocal.

Pero parecía que el gobierno pensaba cancelar las elecciones parciales del resto de Oriente. El comandante del Eagle le comunicó a su secretario, que había recibido noticias del ministro que las elecciones del 9 habían sido pospuestas. Lansing le pidió a Gonzales que tratara del tema con el gobierno y le informara de sus intenciones en relación con los comicios.         

Los liberales no habían comprendido la verdad de su derrota, que, aparte de la firme alianza de Washington con García Menocal, lo menos que a Estados Unidos le interesaba en aquellos tiempos eran disturbios en la isla, porque se preparaba para entrar en la guerra europea, y como necesitaba el azúcar de Cuba -se corría que hasta como base para la fabricación del explosivos- la inestabilidad sólo podía, poner en peligro la zafra. A paso de carga llegaba la guerra: el senado de Estados Unidos, el 5 de abril de 1917, por 82 sufragios aprobó declarar la guerra a Alemania.  Solo al día siguiente Estados Unidos le declaró oficialmente la guerra a Alemania. Tan sólida era la alianza de García Menocal con los vecinos del norte, que el 7 de abril de 1917, el primer magistrado envió un mensaje al congreso, en el que pedía declarar la guerra al imperio teutón. Mediante una resolución conjunta del congreso, solo un día después que Estados Unidos le declarara la guerra a Alemania, lo hizo Cuba. García Menocal cubierto de adulonería reveló que Cuba declaraba la guerra a Alemania “en solidaridad con Estados Unidos con quien nos une también el agradecimiento”.  No era gratuito que Gonzales hubiese aprovechado para tachar a los insurgentes de germanófilos. Esta actitud e interés de Estados Unidos serían evidenciados desnudamente en mayo por el propio Lansing, secretario de Estado, cuando dirigió nada más y nada menos que avisos a Cuba para su publicación en la prensa, en los que aparte de llamarle la atención al pueblo cubano de que dado el estado de guerra debía ser echada a un lado toda querella política ratificaba una vez, más la actitud de Estados Unidos en contra del alzamiento, y señalaba que en razón de la dependencia aliada respecto al azúcar cubano la finalización de las disputas, era cuestión requerida para hacer frente "al peligro internacional". Por último, advertía que toda alteración del orden en la isla sería considerada un acto hostil hacia Estados Unidos, por lo que si los alzados que todavía restaban no se sometían de inmediato se les consideraría enemigos y serían tratados como tales. A partir de ese momento al ejército le sería todavía más fácil liquidar los pequeños focos de insurgentes que andaban dispersos.

Mella diría sobre todo estos pasajes: “Cuando ocupó la presidencia el tirano Mario García, que conociendo la vulgaridad de su nombre se añadió vanidosamente el de Menocal, la intervención fue descarada. Primero se impuso cuatro años por una traición del Partido Liberal, y para vencer a la segunda rebelión de este Partido cuando lo volvió a atropellar con motivo de sus deseos de reelegirse, pactó un empréstito con Wall Street. (Este era el segundo empréstito de la República, pues el bueno de Don Tomás había pactado el primero de 35 millones de pesos). Con este motivo el Ministro de los Estados Unidos se hizo una especie de Dictador-diplomático. Hizo del Palacio Presidencial su casa particular donde tenía además, de las consideraciones propias de su cargo, las que en una corte versallesca le ofrecían algunos miembros de la familia real con los favoritos de moda. Declaró ante su Gobierno que los rebeldes eran pagados por el oro alemán y lanzó una Proclama afirmando que los Estados Unidos jamás reconocerían un gobierno nombrado por los alzados. Esta sola declaración bastó para que el ejército sublevado se entregase y para que los políticos en rebeldía saliesen del país sin hacer uso de sus fuerzas. El antiguo administrador del Central americano, Mario García Menocal,  hizo de la República lo que antes había hecho del feudo azucarero Chaparra. Vinieron expertos americanos para organizar las finanzas, y tropas  de la U.S. Army ocuparon el territorio cubano para guardar el “orden y la propiedad” a la vez que no se exponía en las trincheras europeas la vida de algunos hijos de millonarios que eran los que formaban las tropas de ocupación. Sabían que el clima de Cuba y los Hombres de Cuba, serían más benignos que los fríos de la frontera francesa, y la ferocidad de los alemanes”.

A partir de entonces, con harta alegría, el gobierno cubano comenzó a participar en repetidos préstamos de la Libertad y se regocijaba de cubrir grandes cupos.  Como si Cuba fuera territorio de Estados Unidos y, sin pedir ni siquiera permiso, el país del Norte tendió redes antisubmarinas y plantó minas en Guantánamo. Pero no conforme con esto, anunció que pondría en iguales condiciones a los demás puertos cubanos para evitar sabotajes del enemigo teutón.   

Por su parte, García Menocal se tocó con un morrión y tomó una vieja carabina y salió a reclutar guajiritos, para aumentar el ejército nacional. De inmediato, pasó a reorganizar los mandos. Evidentemente, comenzaba a pensar en colocarse los grados de mariscal y dirigir al poderoso ejército caqui de Cuba. Ya verían Foch, Petain y Pershing, lo que era un general cubano en campaña.

El 9 de abril el general mambí Delgado, congresista, junto con otros cuatro jefes rebeldes importantes y 400 hombres se rindieron a las tropas leales en Arroyo Blanco, Camagüey. El gobierno consideró la rendición como la más importante de la rebelión, después de la del general Gómez.  Poco después caería prisionero el general Guzmán, quien había participado también en la insurgencia de 1906.

Al mismo tiempo, en el teatro de operaciones de Camagüey el ejército no le había dado tregua a Gustavo Caballero y el 21 de abril lo derrotó y capturó. En una comunicación de Gonzales a Lansing, aquel reveló que el gobierno de La Habana había informado que el ex gobernador de Camagüey había sido gravemente herido y, con 150 de sus hombres, había sido hecho prisionero.  Pero la versión cierta resulta diferente. Se dice que el ex gobernador del Camagüey y enemigo político de Caballero, Bernabé Sánchez, pidió al secretario de Gobernación, que el insurrecto no entrara vivo en la ciudad, y este envió al coronel Eduardo Pujol, jefe de la tropa que lo tenía prisionero, un telegrama terrible, monstruoso: "Conduzca cadáver de Caballero a Camagüey". Pujol pensó que el texto era erróneo y en un mensaje aclaró que el opositor solamente había sido hecho prisionero. Sin embargo, recibió la confirmación de la misma orden. El 22 de abril, Caballero subió vivo al tren de Nuevitas, mas a Camagüey llegó su cadáver.

A todas estas, crecían los temores infundados de los estadounidenses sobre la presencia alemana en la isla. El cónsul Winans, de Cienfuegos, le decía a Lansing que un estadounidense de toda su confianza le había informado que el coronel rebelde Tuerto Sanabria estaba a unas 6 millas de Trinidad con un 5 200 hombres bien armados y bajo el mando de un oficial alemán. También le habían comunicado que los rebeldes habían salido de Cienfuegos con destino desconocido. Allí todo el mundo creía que el ejército no deseaba trabar batalla con los rebeldes sino unirse a ellos.  El secretario de Estado le respondió al cónsul, que las autoridades cubanas habían asegurado que los informes recibidos eran falsos.

El 7 de mayo el congreso proclamó presidente de la república al general Mario García Menocal, y vicepresidente al general Emilio Núñez. Informó Gonzales que los esfuerzos para romper el cuórum fueron abortados. Una protesta firmada por Zayas y nueve integrantes de la cámara fue presentada contra las elecciones en las provincias de Santiago de Cuba y Santa Clara. La cámara se negó a recibirla. Todos los integrantes se unieron entonces en una votación de pie y declararon válidas las elecciones. Ningún discurso dio apariencia de resentimiento. Los votos de La Habana y Camagüey fueron por Zayas y las otras provincias por García Menocal.  Se había cumplido el más brutal fraude cometido, hasta ahí, en la república.

Los liberales buscarían muchas causas para explicar su derrota. Pero la verdad era una sola: para ellos resultaba decisiva la actitud que tomara Estados Unidos y habían confiado en la “intervención” estadounidense para que les diera la razón y amparara sus derechos y, cuando ya no tuvieron esperanzas de que fuese así, perdieron todo aliento para luchar a pesar de los miles de hombres, armas y cartuchos de que disponían. José Miguel Gómez en una carta a Gerardo Machado llegaría a acusarlo de ser el culpable de la derrota. El 20 de diciembre de 1917 le escribiría a Machado desde Calabazar: “…Pero… Caramba Gerardo, que se pasan negros ratos en la vida cuando se piensa que hay que agradecer a un Collazo la vida, a un Menocal, que me mandó de presidio a mi casa, y… a ti esta felicitación… tú que tengo por responsable del fracaso de la causa, y en consecuencia, de mi prisión, por no cumplir tu compromiso de ponerte al frente de nuestras Villas, con Ibrahím, el pobre que siempre es el mismo…; esta felicitación tuya de hoy no me hubiera venido, si en su día tu vistes el kaki obligado por el honor y la defensa del Partido. Recibe ahora mi enhorabuena por tu magna idea de dividir a mis devotos con la creación del partido Unionista, del que seguro formarán parte principal los tímidos, desleales y traidores al liberalismo”.

Todo el lamentable y sangriento suceso del alzamiento de La Chambelona quedó zanjado un año más tarde, cuando García Menocal, bajo la presión de los congresistas liberales que se negaban a votar los presupuestos de guerra, en tanto no se dictara la amnistía para los insurrectos, el 18 de marzo de 1918 hizo aprobar la disposición.

Esta perdonaba a los participantes "en los delitos cometidos en el movimiento revolucionario de 1917", y comprendía tanto los de los alzados como los de las fuerzas gubernamentales. De forma irónica la disposición era portadora de una trapacería del vencedor, ya que también amnistiaba los delitos electorales cometidos durante los comicios de 1916; es decir, los de los partidarios de García Menocal, que en eso, qué duda cabe, habían sido los máximos violadores.

Julio Antonio Mella diría: “En el país se respiraba por esa época un ambiente de tiranía. Al administrador de un Central azucarero yanqui que había sido general de la Independencia, creía tener bastantes títulos para ser Mayoral de la República. Asaltó el poder por una traición, y cumplido el primer cuatrienio, decidió, con el apoyo del Ministro y Gobierno de Washington, después de ahogar en sangre una rebelión de los políticos despojados de los comicios, tiranizar por cuatro años más el país”.

De todas maneras, el listo Marius Rex impidió que aquella guerra dividiera la isla entre conservadores y liberales. No le echó la culpa a los liberales del alzamiento, sino solo a los rebeldes mismos. Por ejemplo, nada hizo para impedir que en los casos en que los liberales hubieran ganado las elecciones asumieran sus cargos. Desde luego, la mayoría, en casi todos los casos, la tuvieron los conservadores con sus trampas. Pero con aquella fórmula de resumir en José Miguel Gómez y sus acólitos en armas el levantamiento, le dio un viso de legalidad a su victoria militar y electoral. Esa fue sin dudas su jugada maestra.

Rolando Rodríguez
15 de octubre de 2011

Bibliografía

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Sobre esto asunto pueden verse los memoranda y comunicaciones cruzadas entre Luis Loret de Mola, comandante militar  de la plaza de Santiago y David Knox, comandante del USS Petrel, sección de documentos; La Chambelona. La República  neocolonial. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 1975, t. I, pp. 394 y 397.
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